VIII Jornadas Nel Lima. Lo femenino no es solo asunto de mujeres

Contribuciones desde Santiago de Chile

Archivo adjunto al mensaje

  • Silvia Macri (CEIP). Goce femenino y psicosis.
  • Alejandro Reinoso (ALP).Celos y goce femenino.Los celos, no sólo es asunto de mujeres.

(Pinche en “Sigue leyendo”, para acceder a los textos)

Goce femenino y Psicosis

Por Silvia MacriSilvia Macri

Ese goce más allá de los bordes, sin mediación fálica que invade al sujeto psicótico y lo empuja a la erotomanía, abre la pregunta por su relación con el goce suplementario propio de lo femenino que Lacan, al final de su enseñanza, relaciona con el amor y por lo tanto con la erotomanía.

Si tomamos entonces el binario “goce femenino” – “psicosis”, ¿cómo podríamos pensar su relación?

¿Sería posible ubicar en las formulas de la sexuación, el lugar de las distintas estructuras clínicas en tanto estas aceptan o rechazan la función fálica? Si inscribirse en la función fálica implica un anudamiento de goce y castración, ¿Dónde quedarían ubicadas las psicosis en dichas fórmulas?

La posición femenina es ubicada por Lacan en las fórmulas por una doble relación: la de la mujer tachada con el falo y con el significante del Otro tachado, quedando así graficado como “no toda” ella se relaciona con el goce fálico.

Cuando afirma que “las mujeres son locas” se refiere justamente a ese goce suplementario que ubica en su relación con el significante del Otro barrado, pero cuando agrega “no locas del todo” es justamente por su relación con el falo, por lo tanto serán “locas del todo” si se desamarran del falo, produciéndose así su extravío.

Dado que Lacan ubica el extravío y la locura, del lado femenino de las fórmulas, situando el goce femenino, ese “otro goce” de la mujer, en la relación que va de LA/(la mujer no toda) al S(A/) (significante del Otro tachado), es allí en esa misma relación donde podríamos ubicar las psicosis, como “empuje a la mujer”, como un empuje al goce todo por fuera de la regulación fálica, aunque cabe aclarar que en la psicosis no se trata de “otro goce” o goce suplementario, sino de un goce propio de la psicosis que es experimentado pasivamente por el sujeto como “goce del Otro”.

Por lo tanto, de manera similar a la locura y el extravío de la mujer cuando su goce excede el amarramiento fálico, nuestro sujeto psicótico, invadido por un goce no regido por la castración,  intenta,  vía la erotomanía, hacer existir la relación sexual que no hay.


Celos y Goce Femenino. Los celos no sólo es asunto de mujeres

Alejandro ReinosoPor Alejandro Reinoso

Al profundizar en la degradación de la vida amorosa masculina, Freud anuda los celos como condición del objeto de amor, cuando el hombre en su elección de mujeres sitúa en ellas la presencia de algún rasgo que enfatice el goce sexual de ellas y, por ende, la presencia, imaginaria o real de un otro [1].

Lacan en el Seminario VI indica que los celos femeninos no hacen sino situar a los celos en su mayor radicalidad: la relación del sujeto con el deseo y los signos de éste en el A̸, encarnado en su partenaire [2].

En el Seminario XX Lacan esclarece el odio celoso y su componente de goce (Jalouissance). Lacan introduce esta distinción en la sesión El saber y la verdad. La relación del saber con el goce está saldada, es el saber respecto del Otro que por lo demás, no sabe nada, el S(A̸). Es el límite del saber que resulta odioso en sí mismo: un odio consistente, es algo que dirige al ser [3]. En este punto, el equívoco il hait… il est cobra toda su resonancia. En ese línea, la noción del odio celoso, el que salta del celosgoce (jalouissance), el que saltaimagina (s’imageaillisse) con la mirada de San Agustín que lo observa, criatura. Está ahí como tercero. Observa…[4].


[1] Freud, S. [1910] “Sobre un tipo particular de objeto en el hombre” , Obras Completas, Vol. XI, Amorrortu, Buenos Aires, 1991, p. 161.

[2] Lacan, J. Le Séminaire libre VI, Le désir et son interprétation, Ed. de La Martinière, París, 2013, p. 531.

[3] Lacan, J. El seminario XX, Aún, Paidós, B. Aires, 1995, p. 120.

[4] Ibid, 121.

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