La “Common Decency” de Oumma por Jacques-Alain Miller

Miércoles 4 de febrero

Mujer más parisina que Sylvia, no había. Su familia, judía, había venido de Rumania. Mujer más ingeniosa tampoco, no había. Como me gustaba cuando ella imitaba a Georges Bataille y Michel Leiris por teléfono para hacerme reír. Lentamente, y con una voz grave y solemne: “Hola, ¿Michel? Soy yo, Georges. –Sí, Georges, soy yo, Michel. ‒¿Cómo estás, Michel? ‒Bien, Georges. Y, vos, ¿cómo estás?”  Yo decía: “¡Más! ¡Más!”, y ella inventaba conversaciones desopilantes entre los dos monstruos sagrados sobre temas de actualidad. Bataille y Leiris eran los Trágicos. Sylvia, ella era de la Escuela Prévert. Fue miembro del grupo Octubre. Cuando llegaba a lo de Lacan de estar ahí, él se reía a carcajadas con nosotros, y le hacía el besamanos.

De todos sus nietos, es Sandra, mi sobrina, la que más se parece a Sylvia, en el ánimo. No tiene nada de su abuelo Bataille. Dirige el pequeño equipo que hace toda la edición de Elle, los títulos y los copetes. Le gusta solo la literatura. Pues sale a Bataille, de todas maneras. Vía Laurence, su madre. Ayer a la noche en la cena, me traía un pequeño folleto encantador de ediciones Allia, una  entrevista a John Cage en la que cuenta sus recuerdos sobre Marcel Duchamp. “Se llama Rire et se taire (Reír y callarse). ¡Pensé que era para vos!” Lo vio claro. Me gano la vida callándome; anoche, tengo que reír o morir. Entiendo que Cage diga de Duchamp: “Tomaba el hecho de divertirse muy en serio”. Para un psicoanalista, es vital, me parece.1

Duchamp, al tratar de enseñarle a Cage a jugar mejor al ajedrez, le decía: “No juegue solamente la partida de su lado, juegue de ambos lados”. ¡Genial! Esto me aclara mi procedimiento frente a lo peor de esos grandes desacuerdos político-morales que pudren la vida de la humanidad.  Vean ustedes.

Mi amigo Mario acaba de advertirme que están muy enojados en Buenos Aires, capital mundial del psicoanálisis, por lo que pude escribir, corrigiendo a BHL: “los judíos robaron su tierra al pueblo palestino, y se trata de que se la devuelvan”. El pobre Mario pasa su tiempo calmando a todo el mundo, confió en él por principio, pero veo bien que él mismo está conmovido. Allá, soy una celebridad. Una veintena de libros publicados. Eso debe producir habladurías, “habladurías lacanianas” (1), en todas las esquinas.

¿Qué hice? Representar el lado palestino. Bernard evitaba el problema. Expresé bajo una forma condensada el argumento musulmán contundente. Sin duda, moví la buena pieza o apreté en el buen lugar, ya que del otro lado se dijo “¡Ay!”. Es un buen signo. Debería encontrar el equivalente del lado israelí. Porque mi procedimiento es de un grado más elevado que la maniobra de Duchamp. Él aconseja en suma ponerse en el lugar del adversario para leer su juego y ganar. Para mí, el combate es con el Ángel de la debilidad humana. Ganar, eso sería entender, en el sentido de Spinoza. Me hace falta para eso pasarlo por “un curioso entrecruzamiento”, como le gustaba decir a Foucault.

Las cosas, de hecho, no están entrecruzadas sino enredadas. La misma frase que, en Buenos Aires, arruina la vida de Mario, le encanta a Angelina en San Pablo. Ella es también una amiga, también es judía, ejerce también el psicoanálisis. El final de su análisis le permitió, me asegura, encontrar el nuevo amor de su vida. Se llama Lofti. Lo conocí en París, a mediados de enero.

Es un personaje. Después de haber aprobado su bachillerato en El Cairo, este elegante cirujano hizo la Facultad de Medicina en Grenoble, y hoy está retirado. Ciudadano del mundo, viaja mucho, tiene una hija en Boston, su anciana madre en Túnez, su amante pues en Brasil. Es el hijo de Salah Ben Youssef, que fue en los años 50 del último siglo el secretario general del Neo-Destour, el partido de Bourguiba. Enemistado con “el Combatiente Supremo”, encarcelado, prófugo, condenado a muerte, se exilia. Después de un encuentro infructuoso en Zúrich, Bourguiba lo hace asesinar en Frankfort el 12 de agosto de 1961. Eso hace mucho ruido en la época, lo recuerdo. Lofti tenía once años, lleva todavía la herida. Al igual que su padre venerado, se define como un nacionalista árabe, un laico puro y duro. Tiene la nostalgia de Nasser. Su hija, abogada del Colegio de Abogados de Nueva York, tiene un marido americano. Miembro de una ONG, vivió cuatro años en Israel, defendiendo a los árabes israelitas; prosigue en lo sucesivo desde Massachusetts. Pienso en la famosa declaración de Gide: “Nacido en París, de un padre de Uzès y una madre normanda, ¿dónde quiere usted, señor Barrès, que me arraigue?” Con Lofti y su familia, el fenómeno es de una magnitud muy diferente.

Pongo a prueba mi tesis ante él. Digo que todo musulmán, cualquiera sea –salvo quizás algunos desdichados que se han asimilado culturalmente, los autoproclamados “musulmanes de Las Luces”, o genios descabellados como Rushdie‒ sufre, es desdichado, se siente disgustado, molesto, oprimido, cuando se le falta el respeto a Mahoma. Todos no se curan con la Kalachnikov, muy lejos de eso, sino que todos sienten, en diversos grados, ese malestar (Unbehagen de Freud).

No morían todos, pero todos fueron golpeados.

Lofti no dice no. Le pedí que me dijera la frase que, según él, expresa lo más cerca, de la manera más simple, más vulgar, sin ideología, “el dato inmediato de la conciencia” correlativo a ese displacer carnal, a ese “acontecimiento de cuerpo” (Lacan) que, en mi hipótesis, afecta al musulmán. Él piensa en su madre de 90 años frente a su televisor. La escucha decirle, cuando se informan las groseras blasfemias francesas: “Mi téte’melch”. Es del dialecto egipcio o tunecino, que puede traducirse por “esto no conviene” o “esas son cosas que no se hacen”.

El domingo pasado, en el Mac Donalds de la calle Souffot, otra prueba. Entablo conversación con una joven sudanesa, profesora de árabe. Para decir “eso no se hace”, Tasnim me encuentra enseguida en árabe literario –la lengua del Corán, que nadie habla pero que hace referencia‒ la expresión “La ya lique”. Consultaré cuanto antes a mi amiga Ruth, judía, catedrática de árabe, profesora en Ciencias Políticas París, que escribe artículos de actualidad muy pertinentes en el Huffington Post.

La blasfemia es en principio una indecencia. Un significante disruptivo interviene, que hiere, lesiona la “Common Decency” (Orwell-Michéa) del Oumma. Solo un número infame de creyentes, desde luego, toma las armas, pero no se trata de esto, sino de la imposibilidad lógica absoluta que golpea la copresencia en el mismo sujeto musulmán de la fe y la indiferencia a la blasfemia. No hay cuerpo de musulmán que no se estremezca cuando el no creyente blasfema. No es cierto ni para los judíos ni para los cristianos. En cuanto a los jesuitas, que forman una raza aparte, se regocijan, estremeciéndose de hacerles ver cómo ellos están al día, zen, cómo ellos no temen pasarse.

Pienso en Nabilla. Ella se hizo un nombre gracias a una estrofa que señalaba la necesidad para una chica de tener champú, a no ser que fuera calva. La imaginaría indignarse mucho en los mismos términos si un creyente no reaccionara a las tapas de Charlie. “¡Hola! No, pero ¡diga qué! Sos buen musulmán, ¿no estás furioso? ¡Hola, hola! No lo sé, ¿me escucha? Sos buen musulmán, ¡no estás furioso! Es como si te dijera: sos un buen musulmán, ¡no tienes el Corán!”.

Entre mis amigos musulmanes, está Fouzia, joven psicoanalista. La desgracia es que ella ignora el árabe. Su familia vino de Marruecos, ella nació aquí. Reservada, trabajadora, siempre impecable, siempre educada, siempre alegre, una exquisita perla oriental de la época Luis XV. Solo jura por el deseo femenino, su libertad, el derecho al capricho. Pagó el precio por eso: está divorciada, con dos hijos. Su marido, de origen francés convertido al Islam, creyó que se había casado con una mujer sumisa. Sin embargo, noto en ella el mismo dato inmediato ante la blasfemia: “eso no se hace”. Ella no me lo dice, pero es visible que no me concede el placer que de ahí puedo tomar, mi goce de no creyente. Eso le parece vulgar, vagamente repugnante, la decepciono. Leo entre líneas: soy un grosero, un maleducado.

Entre mis amigos judíos, está Esther. Es jaredí (“ultra-ortodoxo”), francesa nacida en Francia, enseña en una escuela religiosa en Niza. Es una tromba talmúdica. No es ella quien me dará los elementos para oponerse al argumento del “robo de la tierra”: desde su punto de vista, la tierra no es para los judíos más que ocasión de idolatría, una suerte de becerro de oro. Los judíos solo han recibido la tierra después de haber recibido la Ley, señala ella, y luego de la salida de Egipto, que significa justamente la desvinculación al lugar de la tierra. Me explica que “el religioso se transfirió al político, de donde su extremosidad, su cierre y su tontería, con todos aquellos que discuten la legitimidad del Estado de Israel en Tierra Santa. Y en el otro extremo, el kibutz, el ‘sacrificio de los soldados’, y un nacionalismo dudoso”.

Esther tiene temperamento, sabe hablar bien, se embala. “Hablar de la ‘tierra de Israel’ es de entrada contra-natura en la identidad judía. Mi antisionismo religioso es sin embargo un poco menos boludo que los que dicen que hay que esperar al Mesías para habitar Israel. Sí, los judíos robaron la tierra, porque no saben administrar su relación con ella. Y pierden su ser en ello, al punto de hacer muros y alambrados. Los israelíes dicen: ‘No tenemos opción’. ¡Es lo peor!”

Le hago ver que ella juega la partida del lado palestino. “Los judíos robaron la tierra, sí. Pero, los palestinos son los últimos imbéciles de Medio Oriente, oportunistas, quejosos, incapaces de humanidad, de democracia, y por lo tanto de propiedad. Sí, soy antisionista pero también anti-palestina. Encuentro su causa indefendible. No conozco bastante al detalle su historia, pero para mí no se puede esperar nada de positivo de un pueblo kamikaze en el que el deseo de vivir se transformó en deseo de ver morir al otro, mientras que el valor de la vida está siempre primero y es irreductible en la religión judía. Esto no me impide criticar a los judíos, que se envilecen en este conflicto”.

2Mis amigos porteños van a desmayarse. ¿No hay jaredismo en Argentina? Sin dudad, no entre los analistas. Sin embargo, un día tendrán por colega a Esther, pues ella está en análisis y comienza a recibir. Ella trabaja muy bien con sus pacientes, cuando no es impaciente. Moraleja: “There are more things in Heaven and Earth, Horatio, than are dreamt of in your philosophy”. No sé más de golpe si puedo guiarme por el dicho de Duchamp. ¿Jugamos al ajedrez, aquí? Es más bien el rugby intelectual. Y con más de dos equipos.

Publicado el 6 de febrero en lepoint.fr

Traducción: Alejandra Antuña

(1) [N. T.] Ça doit cancaner, « lacancaner », dans tous les coins. Juego de palabras entre cancaner (chismosear, chusmear, producir habladurías) y el neologismo “lacancaner”, condensación de Lacan y cancaner.

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