XXIV Jornadas Anuales de la EOL | Boletín # 7

1

BOLETÍN # 7                                             28/29.NOV.2015 | Hotel Panamericano

Presentamos en este boletín una contribución de Leonardo Gorostiza titulada “El analista y su despoblador”.

Encontrarán en la misma, a partir de una referencia a un relato de Samuel Beckett, una mención al despoblador que habita en cada quien.

¿Qué sería para cada uno su despoblador? pregunta Leonardo Gorostiza.

No adelanto la respuesta que encontrarán en el texto. Pero agrego un dato: si seguimos la secuencia rigurosa del mismo nos topamos de lleno con el tema de nuestras jornadas.

¡¡Que lo disfruten!!

Luis Tudanca

Leonardo Gorostiza

El analista y su despoblador*

Hace ya varios años, leyendo el curso El banquete de los analistas, me encontré con una sutil indicación de Jacques-Alain Miller que desde entonces retuvo mi atención. Efectivamente, casi como al pasar, y parodiando el título de un enigmático relato de Samuel Beckett, él señala que al proponer el dispositivo del pase a su Escuela, Jacques Lacan no hizo otra cosa que introducir una suerte de despoblador.

¿Qué quiere decir Miller con esto? ¿En qué contexto introduce esta afirmación? En primer lugar, en el contexto de señalar que si al fundar la Escuela Freudiana de París en 1964, Lacan la pobló a partir de una convocatoria ligada a un “todos iguales” en tanto trabajadores decididos, al introducir en 1967 su “Proposición del 9 de octubre…” sobre el pase, lo que hizo fue introducir las diferencias propias de la relación de cada uno con la experiencia analítica.

2

Dicho en otros términos, si Lacan -desde esa soledad, su soledad con respecto a la causa- funda su Escuela “acompañado” de trabajadores decididos igualados por su trabajo, con la proposición del pase lo que hizo fue reenviar a cada uno a su soledad con respecto a la causa. Y, entonces, como es sabido, eso generó la partida de varios, entre ellos los que se denominaron como el Cuarto Grupo.

Ahora bien, en este sentido, concebir la introducción del pase como un despoblador no iría más allá de usar el nombre del texto de Beckett para indicar algunos de los efectos de esa decisión de Lacan: despoblar la Escuela. Ese es un plano. Pero pienso que hay allí algo más. La frase exactamente dice así:

“Creo que hay que observar bien el desfasaje entre esta primera apertura de la Escuela, el recibimiento de todo el que se presente (…) y el ajuste posterior sobre la experiencia psicoanalítica. En otras palabras, para Lacan se trataba de poblar su Escuela; pero, una vez poblada, empieza a funcionar una suerte de despoblador –emulando el título de Samuel Beckett-: no todo el mundo se encontrará con los títulos, con los grados”. [1]

Podríamos quedarnos allí y decir que resulta claro que introducir esa desigualdad en una comunidad de trabajadores, tendrá lógicamente como  efecto la partida de muchos.  Sin embargo, pienso que cuando Miller usa ese tipo de figuras no es infrecuente que sutilmente esté indicando algo más. ¿Qué sería entonces ese “algo más”?

“Estancia –escribe Beckett- donde los cuerpos van buscando cada uno su despoblador. Bastante amplia para permitir buscar en vano. Bastante limitada para que toda escapatoria sea vana”. [2]

Precisamente así comienza “El despoblador”, uno de los relatos más extraños y enigmáticos de Samuel Beckett.

3

En él describe los movimientos de doscientas personas en el interior de un cilindro cerrado, débilmente iluminado y sometido a cambios de temperatura. Allí, quienes configuran un “pequeño pueblo de buscadores”, apenas armados de escaleras, buscan infructuosamente una salida entre nichos y túneles.

Los críticos y comentadores han debatido y debaten acerca de cómo concebir esta obra, cómo clasificarla. Gran paradoja puesto que es precisamente a lo inclasificable de la condición humana a lo que la obra de Beckett apunta.

En este sentido, las imágenes de esos cuerpos –algunos en constante movimiento, los “escaladores”, otros en reposo, los “sedentarios” y los “vencidos”- evocan las almas en pena del infierno del Dante y es lo que le permite a Beckett desplegar las múltiples figuras de la pluralidad humana.

Pero en esta oportunidad, él lo hace mediante un criterio preciso: la distinción entre los humanos que buscan y aquellos que han renunciado a hacerlo. Estos últimos –los “vencidos”- han cedido en su deseo, ya que en el cilindro no existe ningún otro deseo que el de ser “despoblado”. Pero, ¿qué quiere decir ser “despoblado”?

Una hipótesis es que ser “despoblado” sería llegar a “sí mismo” y dejar de ser un simple elemento más de la pequeña tropa o del rebaño de los buscadores. Lo que ocurre es que en el interior del cilindro -prodigiosa metáfora de la cárcel del lenguaje- los cuerpos tienden a confundirse.

4

“La identificación –dice Beckett- se vuelve difícil por el gentío y por la oscuridad. Vistos desde un cierto ángulo estos cuerpos son de cuatro tipos.”

Y pasa entonces a describir la diferencia que puede establecerse entre los cuatro grupos según su grado de movilidad. Lo importante es que de este modo, no obstante aludir a figuras extremas del deseo humano –el deseante “buscador” y el que ha renunciado a buscar, el “vencido”-, resulta claro que la comparación no servirá jamás para identificar a cada uno en su singularidad. Por eso, el deseo que anima a los buscadores es el deseo de ser “despoblado”. Ser despoblado quiere decir: ningún otro deseo que el deseo de volverse lo que realmente se es.

Creo que ahora ya resuena de otra manera la indicación de Miller acerca de ese pasaje de la “tropa” –si puedo decir así- de los trabajadores decididos, a la singular relación de cada uno con la experiencia analítica, relación absolutamente incomparable.

De este modo, la experiencia analítica misma puede ser concebida como un “despoblador”, y el dispositivo del pase, como el lugar donde hacer saber cómo ha sido para cada uno el encuentro con su despoblador.

Entonces, ¿qué sería para cada uno su despoblador?

Me apresuro a responder: el síntoma, obtener la identificación a su síntoma, hecho de la particularidad de un nombre, es decir, de un semblante, y de un goce “singularísimo” que excluye el sentido.

Es en este punto que una nueva alianza con el goce opaco del sinthome, en tanto supone haber puesto distancia tanto con las identificaciones que hacen masa como con el anonimato neurótico de la identificación al falo como menos fi, podría ser para cada uno su despoblador.

Es decir, lo que queda del síntoma cuando los dichos de los otros, que pueblan el inconsciente hecho de semblantes, han definitivamente extinguido su voz.

Así, “despoblados” de identificaciones comunes y en el punto de máxima soledad -experimentado en el encuentro con el silencio del inconsciente real- se abre entonces la paradojal posibilidad de un amor y un respeto distintos.

Un amor y un respeto sostenidos en la paradoja de una semejanza fundada en lo que cada uno tiene de incomparable, es decir, de desemejante.

Un amor y un respeto ya no fundados en la reciprocidad sino en la capacidad de acoger aquello que en el otro constituye su rasgo y su goce singular.

Es la posibilidad, una vez atravesado ese momento de máxima soledad, de un nuevo lazo con los otros, un lazo hecho ahora a partir de la diferencia sintomática. Una “diferencia absoluta” de la cual, para cada uno, jamás habrá -como en el cilindro surgido de la imaginación de Samuel Beckett- escapatoria alguna.

Y no hay escapatoria alguna porque no hay, en todos los sentidos, un “más allá”.

Lo que ocurre es que Beckett –de quien Lacan dijo en una oportunidad que es quien salva el honor de la literatura- alcanza una captación precisa de la condición humana, una captación precisa de su soledad y de la imposibilidad de ese imaginado “más allá”.

Y es tal vez en uno de sus textos más tardíos, en un texto de 1980, donde Beckett explora con mayor profundidad esta dimensión de la soledad. La ironía de su título ya nos pone en guardia:Compañía, se llama. Y comienza así:

“Una voz llega a alguien en la oscuridad. Imaginar.

A alguien boca arriba en la oscuridad. Lo nota por la presión en la espalda y los cambios de la oscuridad, cuando cierra los ojos y de nuevo cuando los abre. Sólo se puede verificar una ínfima parte de lo dicho. Como, por ejemplo, cuando oye: “Estás boca arriba en la oscuridad”. [3]

Para, finalmente, concluir:

“Tú, ahora boca arriba en la oscuridad, no volverás a erguirte para rodear las rodillas con los brazos y bajar la cabeza hasta más no poder. Sino que, con la cabeza vuelta hacia arriba para siempre, te esforzarás en vano con tu cuento. Hasta que al final oigas las palabras tocar a su fin. Cada fútil palabra un poco más cerca de la última. Y con ellas el cuento. El cuento de otro contigo en la oscuridad. El cuento de alguien contando un cuento contigo en la oscuridad. Y cuánto mejor, a final de cuentas, las penas perdidas y el silencio. Y tú, como siempre has estado.

Solo”. [4]


[1]  Miller, Jacques-Alain, El banquete de los psicoanalistas, Paidós, Argentina, 2000, página 219.

[2] Beckett, Samuel, “El despoblador”, en Relatos, Tusquets, Barcelona, 1997, págs. 193-213.

[3] Beckett, Samuel, Compañía, Anagrama, 1999, España, pág. 7.

[4] Ibídem, págs. 60 y 61 (negritas nuestras).


Hotel Panamericano | Carlos Pellegrini 551. C.A.B.A.
Informes e inscripción: Escuela de la Orientación Lacaniana. Av. Callao 1033, Piso 5. C.A.B.A.
Tel. 54 11 4811 2707 – eol@eol.org.ar – www.eol.org.ar/jornadas

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s