Segundo extracto del Blog de la ECF

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En buena compañía, por Serge Cottet

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La philia de Aristóteles, en los tiempos que corren.

Lacan llega a invocar a Aristóteles para hacer de la amistad la esencia del lazo conyugal [1]. Para los griegos la philia se encuentra netamente distinguida del eros y, como paradigma del lazo social, esta última es descripta como ajena a lo sexual.

En la “Ética a Nicómaco”, Aristóteles distingue tres tipos de amistad. Una fundada en lo útil, es el interés común lo que prima (lo que llamaríamos hoy el matrimonio burgués o arreglado). La segunda, es fundada en el placer, no es estable y no dura toda la vida. Y en fin, la amistad perfecta, la de los seres que se unen en torno a una virtud: “los que quieren el bien de sus amigos por causa de éstos, son los mejores amigos” [2]. La amistad se funda en la benevolencia recíproca: “de los que así desean el bien de otro, decimos que son benévolos si de la parte del otro no se produce el mismo sentimiento, pues cuando la benevolencia es recíproca decimos que es amistad.” Y en conclusión, para la amistad: “es preciso, por tanto, que haya benevolencia recíproca, y que cada uno desee el bien del otro sin que esto les sea desconocido” [3].

Esta referencia parece convenir a la doxa contemporánea que promueve una concepción asociativa e igualitaria de la pareja; cinco tipos de pareja fueron designadas por un “psico-sociólogo” de Lausana al que se le dio un lugar de honor en la revista francesa Marie-Claire, parejas tipo: nido, compañera, asociativa, fortaleza y paralela.

Inútil entrar en los detalles… Estas parejas son, finalmente, muy parecidas las unas a las otras. En cada una reina la comunicación, el intercambio, la reciprocidad: hacen todo juntas, menos el amor.

El investigador, que no es muy explícito sobre la existencia de los hombres y las mujeres en la pareja, no hace ninguna referencia a la sexualidad. Estas parejas se fundan solamente en la intensidad de sus intercambios, tanto entre ellos como con el mundo exterior. Un tipo de pareja es la excepción: la mal llamada pareja “paralela” (¡Ay! Verlaine). Esta pareja lleva ese nombre puesto que designa las parejas que se ignoran y se detestan cordialmente pero que coexisten con ese contrato de odio. Podemos decir que, por lo menos allí, la democracia esta asegurada.

En suma, el triunfador es el ideal republicano: libertad, igualdad, fraternidad.

Pero, si introducimos la cuestión del sexo en la pareja, se acaba toda la cuestión de la reciprocidad. El fantasma del uno se conecta con el fantasma del otro, a veces en una disimetría perfecta.

En términos técnicos, diríamos que el objeto a cuestiona la repartición igualitaria, él introduce la discordia en la pareja heterosexual, por lo menos.

Esta no-relación, es en ocasiones descripta con humor por Lacan, aparece como una objeción a la moral social. El dicho: “No hagas a los otros, lo que no quieres que te hagan a ti mismo” presenta problemas cuando se habla del coito.

Hoy en día “la proliferación de una sexualidad narcisista” como dice la revista Marie-Claire, el culto de la igualdad y la reciprocidad, inscribe a la pareja en el régimen de “más de lo mismo”. Es lo que también dice el filosofo: el hombre de bien quiere su bien y “quiere pasar el tiempo consigo mismo” [4], y puesto que el amigo es otro yo, “el grado más alto de amistad se compara con la que uno tiene para consigo mismo.” [5]

Los psicólogos recuerdan a estas parejas fusionales o inseparables que el otro “es una persona entera”. Sin embargo, esto no facilita la relación sexual que se interesa en el cuerpo fragmentado…

En estas condiciones, no es sorprendente constatar que estos modelos de compañerismo sean los mismos que aspiran a una sexualidad exterior a la pareja, encontrando ahí la garantía de su longevidad. Una reivindicación de ese orden, se afirma cada vez más en los tiempos que corren. Este será, por cierto, un tema importante de las Jornadas Faire Couple.

 

[1] Lacan, J., “Cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis” en Escritos, Siglo XXI, Buenos Aires, 1966, p. 555

[2] Aristóteles, Ética a Nicómaco, Madrid, CEPC, 2014, libro VIII, p. 125

[3] Ibid, p. 124

[4] Ibid, libro 9, c. 4, p. 144

[5] Ibid, p. 145

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