El psicoanalista y el escenario de la violencia y la muerte en la ciudad, por Piedad Ortega de Spurrier.

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Freud en su artículo “Consideraciones sobre los tiempos de guerra y de muerte” (1915) que escribe después de comenzada la primera guerra mundial, comenta sobre el sufrimiento humano efecto de la guerra en toda la humanidad.

Plantea la presencia de sujetos atónitos y desordenados en particular aquellos que no participaron en los engranajes bélicos. Los efectos más importantes que señala son: la desilusión provocada por la guerra y las modificaciones de la actitud frente a la muerte.

En un segundo artículo, “Nuestra actitud Frente a la muerte” Freud afirma que la guerra pone fin a la tendencia natural del hombre a dejar la muerte de lado en una vana tentativa por eliminarla de la vida. El inconsciente está convencido de la inmortalidad del hombre. Afirma incluso que, cuando las muertes ocurren, no dejan de ser tomadas como inapropiadas y por ello ligadas a la enfermedad o a la edad, no obstante, la guerra hace que la muerte invada nuestras vidas sin dejarnos espacio para estrategias. Presencia de lo real diría Lacan, frente a lo cual el sujeto se encuentra sin recursos.

Freud también intenta responder a la pregunta sobre las modalidades de lidiar con la muerte a partir de dos vías:

  • La forma cómo los hombres prehistóricos establecieron una relación con la muerte.
  • La forma cómo el inconsciente de cada uno de los sujetos se posesiona frente a la desaparición de la vida. Cabe recalcar la manera como Freud produce un entrecruzamiento entre la perspectiva histórica del hombre en el contexto de una época y la psicoanalítica que toma en cuenta al uno por uno.

Señala que la posición del hombre primitivo frente a la muerte vacilaba, entre considerar un aniquilamiento necesario cuando se trataba de alguien a quien odiaba y del que el podía ser el ejecutor, pero, cuando se trataba de su propia muerte, la encaraba como algo irreal e inimaginable.

La conjunción entre el odio y el amor se producía cuando la muerte era la de un ser amado: junto al gran dolor por el otro, algo del yo de ese sujeto también había muerto y al mismo tiempo, aquel que se amaba tenía la cualidad de lo extraño, de lo ajeno. Así en la muerte de un ser Amado se conjugaban los dos lugares, el del amor y el del odio.

Por eso ante el cadáver de la persona amada, (…) “invento los espíritus y su sentimiento de culpabilidad por la satisfacción que se mezclaba a su duelo, transformó esos espíritus recién nacidos en perversos demonios que debían temerse” . Aparece la idea de la vida después de la muerte y por ende, la vida es una preparación para la muerte.

Para Freud el enfrentamiento con la muerte del ser amado llevo también a producir entre los primeros mandamientos éticos “no matarás” que se extiende a toda la civilización. Aunque la guerra le hace pensar que dicho mandamiento había desaparecido en las guerras modernas.

En los tiempos modernos en donde las grandes guerras son menores, en comparación con las interminables guerrillas, la muerte ha dejado de sorprender. La ciudad produce escenarios donde en la noche se pone en acto una violencia que se vende en los medios de comunicación. La mercancía obtenida es un pedazo de goce escópico en la exhibición de esos cuerpos mutilados.

Las guerrillas urbanas o las pandillas muestran una faz distinta en torno al ideal, eso ya no preocupa. Se trata usualmente de señalar “territorios” en un intento de asegurarse la seguridad personal. No se trata de una muerte por ideales, sino a consecuencia de querer estar prevenido contra las irrupciones de la violencia de forma incontrolada. El Otro no logra hacer barrera a la emergencia de lo real. Las consecuencias sobre el sentimiento de vida se transforma y como señala, Alicia Arenas, “produce cada vez más un vivir por vivir, un asegurar la vida por todos los medios posibles, faltando un sentido que esté más allá de la pura sobrevivencia”.

Me quiero referir a las patologías propias de las grandes ciudades del siglo XX y XXI. Como señalá Walter Benjamín, (1927) el “mundo de fantasmagoría” de la gran ciudad que somete ahora al sujeto en un mundo artificial propiciado por el reino de la mercancía, de lo escrito y de la publicidad, acentuado por el fenómeno de la televisión y de los medios de comunicación y favorecen un sentimiento de virtualidad que contrasta con la irrupción de la violencia, el terrorismo, la agresión sexual y la corrupción.

Entre la desregulación de las normas, la desrealización producto de los mundos virtuales y el reino de la mercancía, un lugar antes ocupado por el lazo social, se ha producido una inversión: la ciudad concebida como el centro de la civilización, es el espacio de la desestructuración humana.

En la organización del tiempo y el espacio urbanístico es posible distinguir entre otras, una ecología del miedo propia de la globalización. Todo aquello que escapa de las normas habituales de previsión frente al peligro, las amenazas y la inseguridad que es una patología propia de la megalópolis, según Ulric Beck, agrupa cualquier tipo de catástrofe técnica, accidente individual o colectivo, violencia urbana, etc. Y señala dos categorías: la “ciudad de riesgo” remite a una inseguridad determinable, calculable. La “ciudad de peligro” refiere a una inseguridad indeterminable e incalculable.

Cuando la ciencia se sitúa como el único punto de capitón, presentándose como un discurso verdadero y sin fisuras porque hace una descripción programada donde todo está sujeto al cálculo, aparece el concepto de trauma como “acontecimiento” ligado a la irrupción de una causa no programable.

Lacan sostiene que el sentido del trauma del que todo sujeto está afectado, es el trauma de ser sexuados, pero lo que subrayo en este momento es sobre la responsabilidad del analista de hacerse cargo del trauma específico de esta época: la época del Otro que no existe, de la civilización del trauma. Ya no se trata del malestar de la civilización sino que el trauma mismo constituye la civilización de nuestra época. El trauma es la modalidad como se inscribe el sin sentido en la época actual.

Por esto, los analistas elevamos la agresividad a la calidad de un síntoma e interrogamos los modos de hacer con esa desgarradura inicial, no excenta de violencia, trauma lenguajero que incluye al Otro en su circuito, sea infernal o del que se extrae una satisfacción vivible, con la posibilidad de producir un saber y un hacer.

En efecto, en la experiencia analítica, el encuentro con un analista moviliza la responsabilidad del sujeto en la vinculación con sus dichos y sus actos que no es sin relación con el Otro ineliminable en toda vida que se inscribe en una cultura, por ende hay que conocer a fondo las coordenadas de cada época para poder situar la clínica del trauma subjetivo que siempre se presentifícara con tintes de “lo siniestro”, donde es posible desentrañar lo que Freud y Lacan reconocieron, esa incoherencia “singular” entre una subjetividad efecto de los decires del sujeto y la emergencia de lo real sin ley.

Bibliografía

  • ARENAS, Alicia., (2006) ¿Por qué el psicoanálisis como respuesta al malestar de la cultura? Poiesis # 1, Boletín del CID de Guayaquil, Textos On-line.
  • BECK, Ulric,. (2006) La sociedad del riesgo: hacia una nueva modernidad Paidos Buenos Aires.
  • BENJAMÍN, Walter (1927) Libro de los Pasajes Edición de Rolf Tiedemann Madrid 2004
  • FREUD, Sigmund, (1915) Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte, Obras completas trad. Luís López Ballesteros Madrid. Pág. 2239.
  • LACAN, Jacques., (1947) La psiquiatría inglesa y la Guerra, L’ Evolution psiquiatrique, Vol 1. Publicación en español, Uno por Uno, Revista Mundial de Psicoanálisis No 40

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