Cuando el odio apunta a lo real en el Otro – sin los intervalos del amor por Raquel Cors Ulloa

Actividades en sedes y delegaciones
Cuando el odio apunta a lo real en el Otro – sin los intervalos del amor
por Raquel Cors Ulloa

“El amor, que en la opinión de algunos hemos querido degradar, sólo puede postularse en ese más allá donde, para empezar, renuncia a su objeto”[1]
J. Lacan

La lectura que nos involucra se orienta por lo que estamos afectados, a saber lalengua y los efectos que ella conlleve, no sólo en lo que se dice sino en lo que se hace. Pesquisar una lectura de la huella del a-fecto implica una fina separación, casi como la de los niños cuando balbucean, casi como el sin-diálogo del sujeto autista, casi como el trauma que se instala en cada cuerpo hablante, a partir de la inferencia que el lenguaje engendra. La experiencia de un trayecto analítico implica leer la fonemización de lo Uno, que no será posible sin la articulación significante de lo insignificante.

Cuando un análisis transcurre, orientado por lo que llamamos goce, ese goce que no es observable sino por el hecho de que se repite, haciéndo-se posible tramitar la pulsión ($ à D), analizamos -gracias a las vicisitudes del amor- confrontando nuestras defensas, no sin lo que para cada uno apunte a lo real – en el Otro[2], uno por uno. Se trata, en el límite de lo imposible, de atravesar ese hueso que al fin y al cabo no es más que el modo de horror a lo Otro, y que se pesquisa en lo más íntimo de cada uno. Pues, hay un horror fundamental, que le interroga e incluso causa al psicoanálisis; pero cuando eso mismo inquieta al progreso y a la ciencia, éstos responden obturando y agrupando lo particular; por lo tanto y a su pesar, prevalece un puro efecto dispersivo, desegregativo, incluso obsceno, que intenta recuperar una identificación, un Ideal del yo entre todos los que perdieron algo… instalándose así la paradoja de un grupo homogéneo que ama u odia desde su segregación.

En 1932[3] Freud se percató que no era posible separar el amor y el odio, en aquel momento ya había planteado que el odio a los extraños no es menos intenso de los motivos con que promueven la cohesión de sus seguidores. Pero, cuando se trata solo del odio sin los intervalos ¡del amor! la consistencia apunta al que no le es próximo, al que es distinto, extranjero, extraño, raro, al vecino que festeja, piensa, siente, goza – distinto, entonces estamos en otro orden lógico, pues el que odia se dirige a lo real en el Otro. Pero ¿de qué Otro se trata?, ¿qué hace que Otro sea Otro para odiarlo en su ser?, ¿de qué ser se trata, cuando pienso… luego soy? si al que se odia se le supone poseedor de un modo de goce distinto al de uno, entonces ¿se tratará de un goce que se carece? Ahí el laberinto.

Nuestra brújula, -por la vía de un análisis- requiere una inversión dialéctica que implique la recaída sobre el sí mismo, especialmente cuando lo que está en juego es la pasión mortal, escritura que testimonia su pulsión en tanto rechazo singular. Así como en el racismo, no se trata de una sociología, ni de una lectura de los mass media; así mismo, para el psicoanálisis se trata de interpretar por medio de nuestros recursos y con los discursos para leer lo que se ordenó en cada modo de goce. Interpretar, leer lo que fracasa y por ende no anda, “no-hay”, del trámite de adopción en el que cada uno se ubicó para ingresar en la plataforma de los modos de amar, desear y gozar. Interpretación que sólo puede postularse más allá y para empezar, gracias a los intervalos del deseo del analista.

Santiago de Chile, mayo de 2016

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